RELATOS Y POESIAS




Buenos Aires

Cómo sentirte Buenos Aires? No lo se
Melancólica como el tango que ya no es
Como tu sur empobrecido
Como tu norte altivo no quiero ser

Como te siento Buenos Aires, déjame ver
Desconocida alguna vez
Hacia vos la sangre me llevó

Hoy te llevo en mis venas
En mi barbarie, en mi cultura
En mi paso y en mi voz.

Si  te halagan,
O  te desprecian
Siento la pasión
Que inspira tu gran amor

Eres tu gente
Son tus calles
Eres tu voz

Te agradezco Buenos Aires
 pues por vos soy.



El 17

  Mitre y Cortés. Intersección. Barrio bonaerense de Sarandí. El alba cercana, promete luz. Un nuevo día, y un día más. Mis ojos cansados reposan en la certidumbre del cansancio de otros ojos que también esperan el colectivo 17. Las palabras no salen, esperando el inicio de la jornada laboral. Solo el pensamiento establece la muda y unívoca comunicación de cada cual con algún otro, con el dibujo mental, ficcional, enajenado del otro, que uno se supo construir. Recortes que la mente realiza tratando de encasillar al otro, con supuestas simpatías, con prejuicios o indiferencia. El colectivo no llega, desesperación pasajera acusan gestos, movimientos nerviosos, pasos que van y vienen. El colectivo no para, bronca contra el chofer, contra la empresa, contra el país, contra el mundo. Viene otro, este si para, la gente sube, los hombres caballerosos dejamos subir primero a las mujeres, motivados por una especie de machismo gentil. El colectivo lleno casi no nos deja lugar, apretados contra alguien en el estribo avanzamos hacia la boletera, como queriendo incluirnos en la masa que nos expulsa y nos contiene a la vez. Una vez sacado el boleto nos vamos acomodando tratando de ganar un lugar junto a algún asiento y procurando que los pasajeros que suben y bajan, trasladándose entre la gente por los pasillos, no perturben nuestra postura que se afianza en el contacto permanente de nuestros pies calzados contra una misma porción de piso. Entonces entramos en la competencia por sentarnos, buscando una posición estratégica donde tengamos más posibilidades. Están los que se guían por las caras de los pasajeros intuyendo quien se bajará pronto, otros vamos hacia atrás donde tres o cuatro asientos quedan a nuestro alcance en este citadino juego de la silla. Sentarse es un placer que alivia la incomodidad del hacinamiento y de los frenazos, cuya intensidad depende del estado de ánimo del chofer. Ya sentados podemos dedicarnos a mirar tranquilamente por la ventanilla y a observar a los pasajeros volviendo a dibujar artificiosos recortes de sus personalidades. En unos minutos llega el momento del descenso, casi siempre compartido con algún o algunos otros u otras, en las cinco esquinas. Es cuando sentimos una repentina sensación de libertad.
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Caminando por Avenida Santa Fé

Exhausto de meterle vida a mi vida camino por la Avenida Santa Fe, esquivando gente, adiestrándome en el arte del zig zag. Veo pasar rostros que por su cantidad y velocidad se me antojan vertiginosos. Superficies de piel que la ropa deja ver. Mi mirada acostumbra detenerse en alguna mujer,y un yo mío, auténtico, casi animal quiere restregarse contra su piel mullida. Alguna esquina me interrumpe el paso, por la bocacalle pasan autos prepotentes de variados colores que se confunden en mi mente. Tiempo que muere en la ansiedad por avanzar. Sigo caminando y sorpresivamente accede a mi conciencia alguna idea literaria y junto con ella mi miserable recorte de Borges, a pesar de eso me siento él por un momento, entonces mi paso se acorta, se desacelera, y trato de observar el entorno a través de su sensibilidad, empresa en la que fracaso una y otra vez. Tal vez porque yo no soy Borges, y solo me pertenece su recorte miserable, tal vez porque la Buenos Aires de Borges ya no es la masa caótica que es hoy. La atravieso con imprescindibles zigzags hasta que llego a una de las habituales librerías, cuando mi mirada detrás del vidrio transparente, no exento de metalizados reflejos, divaga por los títulos de los libros, buscando sorpresas. Si tengo tiempo, unos quince minutos, a veces más, me adentro en la librería. Habíendolo hecho muchas veces reconozco variados libros por sus tapas y su ubicación. Entonces me dedico a la infatigable búsqueda de temas y autores que me estimulen, que se acerquen a mi realidad del momento, teniendo en cuenta a los que persistieron en el tiempo. Leo las contratapas y a veces algunas páginas o algún cuento corto. Queriendo comprar varios, generalmente me voy sin comprar ninguno. Tengo una decena “atrasados” y a mi mente esperando zambullirse en ellos. Saliendo, prendo un cigarrillo, cuál es su número, es un número exacto. Imposible saberlo, siento la certidumbre que mi vida, a partir de los doce años, podría resumirse en la suma de los momentos aledaños a cada cigarrillo que fumé. El primero fue dentro de un enorme pedazo de caño de hormigón cerca de la canchita de fútbol, de tierra, a unas cuadras de mi casa, con amigos y con miedo de que, al pasar, algún vecino o alguien de nuestras familias nos descubriera. En la vereda, apoyados en el frente de algún local, en un rinconcito, me cruzo con alguna de las abundantes máquinas de pedir monedas. Le doy una moneda de un peso y me siento caritativo y obsceno a la vez. El contraste que existe entre sus circunstancias y las mías, entre ellos y yo lo percibo abismal. Su situación no es culpa mía, me digo, o en algún punto sí, me contradigo y sintetizo que debo hacer algo por los más débiles. En realidad no es un deber sino un sentimiento que nace de la certeza de mi propia debilidad, de compartir sufrimientos. Sigo caminando, el acto de caminar se asemeja al de vivir, en el movimiento que ambos comparten, transpiro. Llego al café donde me doy el gusto de beber uno bien negro y caliente, que me trae la camarera de siempre, casi amiga, que, al verme transpirado y grasiento, me indica una mesa junto al aire acondicionado. Paso al baño, me aseo, meo. Vuelvo fresquito y emprendo la lectura de alguna novela, de algún cuento, a veces escribo en la computadora que también utilizo para consultar algún diccionario, alguna enciclopedia o lo que mi curiosidad mande en Internet. Eso sí, si hay Wi Fi.  Transcurro una o dos horas en el café, que me obligan a pedir algo más, quizás otro café o tal vez una gaseosa, otras alternativas riñen con mi economía. Pago, salgo rumbo a la parada del colectivo 17 desandando mis pasos. Esta vez no me detengo en librerías, solo algunas vidrieras con ropa capturan mi atención de animal consumidor. Estoy buscando una billetera pequeña, tipo dólar. Los precios me desalientan y los diseños no me convencen, pero sigo buscando. Encuentro una color hueso que casi me convence, y el precio no está mal, justo en el límite superior de lo que yo quiero ceder. Sin haberme decidido a comprarla camino unos ochenta metros y giro abruptamente  para volver por ella. Ocupando parte de la superficie que deja la puerta abierta se encuentra un señor gordo obstaculizándome el acceso al local, su aura excede la abertura haciéndola impenetrable para mi. Le pregunto si puedo ingresar y me contesta que ya está cerrado. Contrariado por un instante me resigno a comprar la billetera color de hueso otro día.
 El cierre de los locales me anuncian las ocho. Hora  tope para volver a casa, comer, divagar un poco e irme a dormir temprano para ir a trabajar al día siguiente por la mañana.

Ya en el 17, sentado en un asiento de la mitad trasera del colectivo, me repongo del cansancio agachando la cabeza y cerrando los ojos unos quince minutos. Recobrando la posición erguida despego los párpados y saco del morral un libro de Gabo. En la lectura me sumerjo en un mundo ficcional que me causa impresiones mediadas, emociones amortiguadas por la distancia entre mi vida y la imaginación del autor. Viajo a un tiempo y lugar distintos de este Buenos Aires de marzo de 2010.

 Solo veo por donde pasa el colectivo, que emplea unos cincuenta minutos, desde Santa Fé y Talcahuano hasta Ensenada y Mitre en Sarandí, cuando despegando la mirada del libro y levantando la cabeza miro por la ventanilla reconociendo el lugar por donde va, calculando semiconscientemente el tiempo restante para bajar. Llegando a ese destino cotidiano, presiono el timbre, y antes que el transporte se detenga completamente me apeo de un saltito ágil siempre en el sentido favorable para evitar una ridícula y peligrosa caída. Camino las dos cuadras perpendiculares que separan la parada de mi casa, esta vez prescindiendo de los zigzags.
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Matías

Nuestro hombre no era un solo hombre. En el coexistían dos mundos, el mundo real y el de los sueños. Vivía con su mujer, casados hacía 10 años. El matrimonio había caído en la rutina de un amor conyugal donde la pasión no encontraba lugar. Matías hacía todo lo posible por satisfacer a su mujer pretendiendo de esta manera compensar el esquivo goce erótico. Lo había logrado los últimos cinco años, mientras tanto ambos experimentaban un silencio doloroso que no se atrevían a ponerle nombre. Entretanto Matías soñaba todas las noches con otra mujer que compartía algunas características con Clara, su mujer real.

La mujer de los sueños de Matías vivía con él una aventura amorosa donde el amor  y la pasión dialogaban a la perfección. Con ella Matías viajaba por el mundo encontrando poesía en todas las cosas, en la gente, ella era la musa que le permitía apreciar la belleza que en su vida real se ocultaba tras una densa niebla.

En sus sueños se encontraba en Venecia, en una góndola escribiendo versos para ella, entonando canciones románticas. Luego buscaban un lugar oscuro para abrazarse, para besarse, presagiando una noche de pasión que terminaba con la luz del día.  Otra vez se encontraban en París tomando un café a orillas del Sena y de allí inmediatamente en Florencia donde expresaron su pasión en un castillo donde se daba una fiesta libertina.

Las palabras de amor de los amantes se entrelazaban en el aire de un día soleado en Andalucía mientras lloraba un cantor con su guitarra. 

El amor los llevaba de aquí para allá, de Europa a China, de allí a América del Norte y del Sur, hasta estuvieron un día en Buenos Aires emocionados de verla más bella que nunca.

Los sueños de Matías ocupaban todo su sueño y cuando despertaba la realidad le pesaba cada día más. Hasta que un día despertó y vio a su lado a la mujer de sus sueños en imágenes que la confundían con Clara. Esa mañana Clara y Matías hicieron el amor apasionadamente, como nunca lo habían hecho y desde entonces Matías ya no soñó más y los dos comenzaron a soñar despiertos.

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Baco



El Dios Baco se hace presente en las nocturnas mesas argentinas, alrededor de las 10, tal vez un poco mas tarde, raramente a una hora más temprana, aunque algunos cenan a las 8, queriendo imitar la costumbre de los países organizados. Argentina no es así, en nuestro amado pero odiado caos, Baco puede revelarse a cualquier horario en casi cualquier lugar, sosteniendo almas sórdidas que necesitan de su engaño. Solo algunas pocas bellas almas saben disfrutarlo, y lo beben con discreción, apreciando estéticamente el elixir a través del los sentidos de la vista, del olfato y del gusto. El orden inicial de la apreciación sensorial, se desordena en la mente a partir del primer sorbo.

Cuando Baco es compartido por dos o mas personas, en casa de amigos, en algún pub,  se transforma en inductor de un sentimiento orgiástico al unirse las almas en un éxtasis Báquico. Es en esos momentos de exaltación cuando hombres y mujeres embriagados, descubren la parte oculta de sus conciencias, produciéndose así una comunicación más verdadera, menos enmascarada. Posteriormente, cuando el alcohol contenido en la sangre se evapora formando húmedas estelas azuladas y verdosas, sobreviene el arrepentimiento por lo dicho, por lo comprometedor de las palabras que el Dios inspiró.
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El arte del maquillaje

El rostro femenino, el rostro natural, varía en grados de belleza según los cánones establecidos y según apreciaciones subjetivas. Las mujeres, de todas las edades, sienten la necesidad cultural de maquillarlo para realzar lo bello y ocultar imperfecciones que tal vez delatan un indeseado estado del alma. El rostro femenino es artísticamente manipulado con pinturas, rubores, y lápices de labios hasta alcanzar el yo facial ideal según las circunstancias. No es el mismo el maquillaje para salir que para trabajar, el de trabajo impone cierta sobriedad, mientras que el nocturno es seductor. Este último es más interesante, porque permite a la mujer una mayor expresión.
Los ojos expresan sueños, sentimientos, emociones, lo hacen naturalmente, no pueden dejar de hacerlo. Ellos son dueños de una natural belleza cuyo entorno es realzado con sombras, rimmel, y delineador, convirtiéndose en objeto de culto estético. Los párpados admiten colores fríos o cálidos, pálidos o vivos en las gamas de los azules, rojos, verdes, marrones, plateados, dorados, pudiendo o no corresponderse con el color del iris. Las pestañas largas realzadas con rimmel son seductores estrechos marcos. Las cejas tupidas, sin depilar, sugieren vellosidad, del cuerpo, del sexo; las depiladas y finas sugieren escasa vellosidad en el cuerpo y un pubis depilado, cuidado, culturizado. Las sombrías ojeras se disimulan con anti ojeras del color de la piel circundante. Finalmente los cachetes se realzan con rubor, unos tonos más alto que el color de la piel, como queriendo alcanzar el estereotipo de las blancas matronas alemanas cuyos cachetes sonrojados son símbolo de salud. Los labios desnudos, como rosas blancas, son bellos en su diversidad, hay eróticos labios gruesos, y crueles labios finos, de bocas chicas o grandes, de formas singulares. Pintados de rojo expresan pasión, como la contenida en una rosa roja; de rosa pálido, satinado o no, delicadeza, como la rosa de ese color; los exclusivos labios de negro remiten a pasiones oscuras, a muerte, como las fatídicas rosas negras.
El arte del maquillaje esconde la secreta intención de los ojos queriendo seducir, de la boca queriendo besar y del sexo queriendo amar. 
Gustavo
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